“Hoy ella quiere levantarse”: acompañar un proceso de rehabilitación en adicciones
- José Bezanilla C.

- 22 ene
- 2 Min. de lectura

Patricia, de 48 años, llegó a Fundación Cristo Vive buscando ayuda para su hermana Javiera, de 28 años, quien enfrenta una adicción al alcohol y a las drogas. No llegó con certezas ni diagnósticos claros, sino con miedo, cansancio y muchas preguntas. “Ha sido una experiencia muy nueva —dice—, porque no teníamos ninguna información sobre la enfermedad del alcoholismo y la drogadicción”.
Desde ese punto de partida, comenzó a acompañar a su hermana sin manuales ni respuestas cerradas, aprendiendo en el camino cómo estar presente. “Yo he ido aprendiendo con ella y ayudándola también a buscar las herramientas para poder salir adelante”, relata, reconociendo que parte del proceso ha sido comprender la adicción como una enfermedad y no como una falla personal.
Antes de llegar a la Fundación, la familia había pasado por distintos apoyos y tratamientos. Aun así, algo cambió cuando encontraron un espacio donde no solo había profesionales, sino una forma distinta de acompañar. “Sin la ayuda de Talita Kum, estaríamos todavía buscando la mejor opción, la mejor forma de enfrentar esto”, señala, destacando la importancia de no transitar este camino en soledad.
Ese acompañamiento marcó un punto de inflexión en la forma de mirar lo que estaban viviendo. Al comienzo fue difícil saber cómo ayudar y dejar atrás la culpa, pero con el tiempo, entender que se trata de una enfermedad con tratamiento posible cambió la perspectiva desde la cual enfrentar la situación.
“Cuando uno entiende que es una enfermedad y que es posible salir, entonces cambia la visión”, afirma.
Desde esa nueva mirada, Patricia comenzó a notar señales que antes no veía en Javiera. No habla de metas cumplidas ni de finales cerrados, sino de movimientos concretos. Cuenta que hoy su hermana “quiere levantarse, quiere empezar su día a día, quiere hacerse cargo de su tratamiento, de su proceso”, algo que, según dice, no ocurría antes y que marca una diferencia importante.
Ese cambio también se ha reflejado en el vínculo entre Javiera y su hijo de 10 años. La relación, según describe, hoy se expresa en gestos simples y silencios compartidos. “Se entienden sin hablar, están pendientes el uno del otro”, comenta, marcando un contraste claro con lo que ocurría antes.
Al hablar de su hermana, la describe como una mujer sensible y creativa, con intereses que habían quedado en pausa. Le gusta dibujar, pintar, escribir y tiene un profundo amor por los animales, rasgos que para ella también forman parte de quién es y de lo que busca recuperar en este proceso.
Desde ahí, el anhelo que Patricia tiene hacia Javiera es simple y directo: que pueda hacerse cargo de su vida, de su maternidad y ser feliz. No como una promesa ni como un final asegurado, sino como una esperanza que se ha ido construyendo a partir de lo observado en este tiempo. “De acuerdo a lo que he visto acá, estoy segura de que sí lo va a lograr”, concluye.












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